en los glaciares de tu terciopelo bronceado, anidé como un tordo los alientos que me he guardado hasta contemplarte en tu desnudez, ahora, solo soy un pozo que supira cada cinco segundos el calor de tu tierra.
en la cera eterea de una vela sedienta de sueño,deposité las lagrimas, que como una arena incandescente fuiste dejando en tu primera velada, oscureciendo los restos de tu inocencia.
esperar, siempre que la danza entorna los humores de los cuerpos, solo basta esperar que una delicada paloma posea el viento que nos queda, atados como martires a la cruz que besamos en el centro incognito de nuestra oscuridad de seda.
encrespada en el sedaceo oceano de la sabana, resbala en el desiterro de las ropas como una pluma que se despeña por el aire, ligera, apenas vista en el momento de extinguir las luces.
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