en las hojas -que no en las calles-
cabe la mano alzada, el pisa papeles,
la pluma entera con todas sus palabras,
el clamor sombrío de los abrazos,
la tristeza de la hoja ultima
que se sonríe justo antes de pudrirse
en los anaqueles botánicos,
gimen secamente las ortigas,
los tallos, las ramas,
como viejas cartas
eructando pacientemente el adiós definitivo
también, entonces:
todo se me vuelve un bramido largo, sonoriento,
un vacío en el espacio firme de los sueños
un navegar a ratos, una mala sorpresa,
insostenible de viajes que me olvidaron,
como el árbol,
con mi sombrero, un paraguas y un boleto clavado en la mano.
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